Enfrentando la tragedia

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Recientemente, un niño pequeño fue asesinado a solo un par de millas de nuestro edificio de la iglesia. Fue atropellado por un autobús escolar. No hubo negligencia por parte del conductor, solo un trágico accidente imprevisible que nadie pudo haber evitado.

Cuando ocurren tales cosas, a menudo nos quedamos sin palabras. Nuestra fe puede describir el cielo y el infierno, el bien y el mal, el pecado y el perdón, pero lucha por nombrar lo que es simplemente terrible. Tratamos de darle sentido, de asignar significado o causa, pero la tragedia a menudo se niega a enseñarnos bajo demanda. Simplemente permanece allí, implacable.

Lo que podemos hacer es reconocer que no hay dos personas que experimenten tal pérdida de la misma manera. Cada tragedia tiene un círculo de líneas de visión, y cada uno debe encontrar su propio camino para sobrellevar y sanar.

1. La Familia

Para la familia, esto no es un titular: es una herida que no se cierra. Hay sillas vacías, ropa escolar colgada sin usar, rutinas que de repente se vuelven vacías. Nada tendrá sentido por mucho tiempo. Las palabras de consuelo se sienten débiles ante la gravedad de la ausencia.

Lo que más necesitan es presencia, no explicación. Alguien que se siente, ore, traiga comida o simplemente escuche. La sanidad comienza cuando se dan cuenta de que no están solos. La fe aquí no es una seguridad rápida, sino una confianza duradera, del tipo que susurra: "Dios, sosténnos hasta que podamos respirar de nuevo."

2. El conductor

Pocas personas sufren en silencio más que aquel que estuvo involucrado pero no tuvo la culpa. El conductor lleva un recuerdo que no puede deshacerse, una pregunta que no puede responderse: "¿Por qué tuvo que suceder esto mientras yo estaba allí?"

El instinto humano es asignar culpa, pero este es un caso donde la culpa no tiene lugar legítimo. La mejor manera de ayudar es afirmar esa verdad con suavidad pero repetidamente. Se debe permitir que el conductor llore sin ser obligado a cargar con una culpa falsa. Dios entiende el sufrimiento inocente—Su Hijo soportó el mismo mundo de dolor inmerecido.

3. Los Testigos

Los que vieron el accidente—niños, vecinos, transeúntes—recordarán cada sonido, cada instante. Sus mentes lo reproducirán, tratando de reorganizar la secuencia hacia un final diferente.

Para ellos, la sanación viene al nombrar lo que vieron y cómo se sintió. Las comunidades pueden ayudar dando espacio para hablar, orar juntos o sentarse en silencio ante Dios. La mente debe aprender que la memoria y la culpa no son lo mismo. El corazón debe aprender que la fe no es la negación del miedo, sino el valor para entregar el miedo de nuevo a Dios.

4. La Comunidad

Para la comunidad en general, este evento se convierte en un espejo. Se nos recuerda que la vida es frágil, que la seguridad nunca es absoluta, y que vivimos diariamente más por misericordia que por control.

Nuestra tarea es caminar junto a los más afectados y resistir la necesidad de explicar todo. En cambio, podemos hacer pequeñas respuestas fieles: reuniones de oración, fondos de apoyo, memoriales, ayuda práctica para ambas familias. Estas no son soluciones; son el lenguaje del amor hablado frente al silencio.

La tragedia pone a prueba el alma de una ciudad. Pregunta si todavía creemos que la compasión es más fuerte que la desesperación.

5. Dios

Sólo Dios ve todo el campo—el momento de la muerte, el momento más allá de ella, y cada vida tocada en medio. Preguntamos por qué, pero Él puede responder sólo con quién: "Yo estoy contigo."

Para el creyente, el consuelo no reside en la explicación sino en la proximidad. El niño ahora descansa en esa presencia perfectamente. Solo Dios puede sostener el dolor de todos los involucrados—el duelo de los padres, la angustia del conductor, la confusión de la comunidad—y aún así prometer redención.

¿Qué puedo hacer/decir?

  1. Habla con cuidado. No podemos decir todo lo que hay que decir a todos al mismo tiempo. El verdadero consuelo depende de saber a quién le hablamos y qué están listos para escuchar.
  2. Descansa en lo que es cierto. El niño está con Dios, descansando en seguridad. Esa verdad puede no borrar el dolor, pero le da al dolor un horizonte.
  3. Ayuda a otros a vivir hacia adelante. Sanar significa aprender a vivir de nuevo, de manera diferente pero intencional, con compasión nacida del dolor.
  4. Deja que la tragedia profundice tu vida de oración. No importa quién seas en esta historia—familia, conductor, testigo o vecino—deja que esta pérdida te acerque más a Dios. Acercarse a Él es el único bien duradero que puede surgir de cualquier tragedia.

En una nota personal, mi esposa y yo tenemos doce nietos. La noche que esto sucedió, oré por cada uno por su nombre. Esa oración no eliminó el dolor, pero me recordó que cada aliento, cada viaje a casa desde la escuela, cada día ordinario, es una misericordia.

Nota: La traducción de esta lección se ha realizado electrónicamente y aún no ha sido revisada.

Preguntas de discusión

  1. ¿Por qué a menudo es más fácil hablar que escuchar cuando ocurre una tragedia, y qué disciplina espiritual podría revertir ese hábito?
  2. ¿De qué maneras la "presencia" comunica más eficazmente que las explicaciones durante tiempos de duelo?
  3. ¿Cómo puede la oración personal transformar una tragedia que no podemos entender en una experiencia que nos acerca más a Dios?

Fuentes

  • ChatGPT (GPT-5), Intercambio y Revisión con Mike Mazzalongo, 4 de diciembre de 2025.
  • N.T. Wright, El mal y la justicia de Dios (HarperOne, 2006).
  • C.S. Lewis, Un duelo observado (HarperCollins, 1961).
  • Frederick Buechner, Una gracia loca y santa: El poder sanador del dolor y la memoria (Zondervan, 2017).