El apóstol Juan brinda los detalles que rodean el entierro real de Cristo, así como el flujo de eventos inmediatamente después de la resurrección de Jesús.
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En nuestro último capítulo, analizamos cuidadosamente el encuentro final que Jesús mantuvo con un individuo, antes de Su muerte. Cada uno de los cuatro autores reconstruye el tiempo que Jesús pasa con Pilato y narra las comparecencias del Señor ante el gobernador romano.

Este es el otro Romano (el centurión fue el primero) con quien Jesús se pone en contacto y el choque de las dos culturas -Judía y Romana- puede apreciarse en sus intercambios. Al final, percibimos a Pilato como una víctima de su propio orgullo, incredulidad y sed de poder, ya que es descolocado por los líderes Judíos al acabar enviando a Jesús, una persona que sabía era inocente, a Su muerte.

Aun así, las audiencias ilegales de los Judíos y los juicios ante Pilato permiten que Jesús, una vez más, ponga de manifiesto Su divinidad ante el liderazgo Judío y Romano, así como proporcionar la razón para su propia condena, al final. Vemos de este modo como fueron ellos quienes estaban siendo enjuiciados y juzgados por Dios, dado que la opción de creer o no creer es presentada ante ellos y se condenan a sí mismos por no creer y, como resultado, envían al Salvador a Su muerte.

Es irónico y triste que su incredulidad y sus acciones consecutivas produjeran el evento -la muerte de Cristo- que iba a salvar para siempre a los que crean. Este es un ejemplo de la economía divina de Dios en acción, produciendo una ganancia a partir de una pérdida.

Muerte y entierro - Capítulo 19:30-42

El relato de Juan se centra principalmente en la interacción entre Jesús, los líderes Judíos y el gobernador Romano, Pilato. El propósito de Juan es perfilar la expresión de creencia e incredulidad que se produjo ante el testimonio de Jesús. Por tanto, no dedica mucho tiempo a describir la tortura y muerte del Señor. Su descripción de la muerte de Jesús en el versículo 30 es otra forma de apoyar la afirmación de divinidad de Jesús.

A. La muerte de Jesús - vs. 30-37

Vs. 30 – Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

En este versículo, Juan afirma tres cosas respecto de la muerte de Cristo:

  1. Que fue la culminación de muchas cosas ("consumado es"). Las profecías sobre su vida y obra y el propósito de todo lo que hizo fue deliberado y planeado. No fue una casualidad o un mal giro de los acontecimientos. Era el fin y todo aquello que se suponía que debía acontecer se ha completado.
  2. Que fue un acierto. Todo fue culminado en la forma en que Dios había querido que se hiciera. Jesús había avanzado a Sus discípulos que esta era la razón por la que había venido a morir y no morir hubiera sido un fracaso. Su muerte, aunque fea, humillante y dolorosa, fue el final exitoso de la vida que Le fue encomendada vivir.
  3. Que todavía tenía el control (entregó Su espíritu). Dijimos la semana pasada que, dado que Él no tenía pecado, no importa cuán ensangrentado y magullado estuviera, nadie podía arrebatar el alma a Su cuerpo. Fue Jesús mismo quien liberó Su alma de Su cuerpo para mostrar que era Él quien se sometía a la muerte por nosotros y que no era un esclavo de la muerte como nosotros (aun con Su muerte edifica nuestra fe).

Y así, tras su breve descripción del momento de la muerte de Jesús en la cruz, Juan pasa a una descripción más detallada de Su entierro.

Vs. 31-34 – Los judíos entonces, como era el día de preparación para la Pascua, a fin de que los cuerpos no se quedaran en la cruz el día de reposo (porque ese día de reposo era muy solemne), pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y se los llevaran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y también las del otro que había sido crucificado con Jesús; pero cuando llegaron a Jesús, como vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua.

La ley judía exigía que aquellos que habían sido ejecutados fueran retirados antes de la puesta del sol para no contaminar la tierra. Los Romanos normalmente dejaban que sus víctimas se pudrieran en sus cruces de ejecución como recordatorio visual de su brutalidad y como una advertencia para los demás. Los líderes Judíos piden a Pilato que se adapte y rompa las piernas de las víctimas para acelerar el proceso de muerte y así ser retirados antes. Estaban en vísperas de la Pascua y no podían comenzar sus preparativos hasta que los cuerpos estuvieran fuera de la vista de la población en general.

Pilato accede rápidamente, con el deseo de que se acabe el asunto. Las órdenes son transmitidas y rompen las piernas de los dos delincuentes y -como sabemos- dado que Jesús estaba ya muerto los soldados no se molestan en romperLe las piernas. En cambio, para asegurarse ellos mismos de su muerte, lo traspasan con una lanza y Juan nota que, de su costado, sale sangre y agua. Mucho se ha escrito sobre la naturaleza médica o simbólica de esta sangre y agua. Algo que resulta interesante, si bien Juan anota en su libro que el sentido de estos eventos se encuentra en el hecho de que todo ello sucedió en cumplimiento de las Escrituras.

Vs. 35-37 – Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis. Porque esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Miraran al que traspasaron.

Juan repite el tema de su libro, que los eventos que han ocurrido -incluso aquellos hechos que guardan relación con la mutilación de Su cuerpo sin vida- son una fuente de testimonio para nuestra fe. En este caso, la conservación de Sus huesos y la perforación de Su costado, constituyen cumplimiento de la profecía acerca del Mesías y Su trato en manos de otros (Éxodo 12:46; Zacarías 12:10). Todo esto resulta aún más inusual si cabe, porque los soldados desobedecieron una orden directa del gobernador al no quebrar Sus piernas y atravesarLe con una lanza. Su acción completó el plan de Dios. Juan lo señala como otro testimonio más del acto divino de Dios de enviar a Jesús.

B. El entierro de Jesús - vs. 38-42

Después de los horribles eventos en la cruz, Juan cambia de escena e introduce a los personajes que enterraron al Señor.

Vs. 38 – Después de estas cosas, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato concedió el permiso. Entonces él vino, y se llevó el cuerpo de Jesús.

José de Arimatea era parte del consejo Judío, el Sanedrín (Lucas 23:51), si bien se oponía a sus acciones y creyó en secreto. Los presos que fueron ejecutados fueron tomados y arrojados a la fosa común de los delincuentes. Los romanos permitirían que las familias de los prisioneros pudieran enterrarlos previa solicitud, sin embargo, la familia de Jesús no formuló tal solicitud.

José deja a un lado su miedo y se presenta ante Pilato para pedirle el cuerpo. Esto no pudo ser mantenido en secreto por mucho tiempo y José sería considerado discípulo por este acto.

Esta acción por parte de José también cumple otra profecía acerca de Jesús: que sería sepultado con los ricos (Isaías 53:9). José, como líder en Israel, era rico y al colocarle en su propia tumba, Jesús fue sepultado en la tumba de un hombre rico y no en la pobre fosa común de los criminales.

Vemos también que el ciclo de fe vuelve de nuevo cuando José, líder Judío, rompiendo con sus compañeros Judíos, expresa su fe en Cristo ¡incluso en su muerte! Esta fue sin duda una gran fe, porque el Señor ya había muerto. Habría sido más fácil no creer, a estas alturas, que creer.

Vs. 39 – Y Nicodemo, el que antes había venido a Jesús de noche, vino también, trayendo una mezcla de mirra y áloe como de cien libras.

Nicodemo, también del Sanedrín y también discípulo secreto, se arma de valor y da un paso adelante junto con José al proporcionar las especias para el entierro. José trajo las sábanas de lino y Nicodemo las especias. Ello sugiere que conocían y habían acordado su participación. El peso de las especias, la posición de los enterradores y la calidad de la tumba muestran que Jesús tuvo el entierro propio de un rey.

Vs. 40-42 – Entonces tomaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en telas de lino con las especias aromáticas, como es costumbre sepultar entre los judíos. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual todavía no habían sepultado a nadie. Por tanto, por causa del día de la preparación de los judíos, como el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

José y Nicodemo reciben el cuerpo de manos de los romanos y lo llevan al lugar de entierro de la familia de José, ubicado en un jardín cercano. Los lugares de enterramiento eran tallados en laderas o cuevas, a diferencia de hoy, que enterramos en el suelo. Era una tumba nueva y la roca fue tallada para producir una cámara en la ladera de una colina. Por lo general, en la tumba de un hombre rico se tallaba también un manto y una fachada de puerta, en la parte superior y lados de la entrada. Una piedra "redonda" como una rueda era tallada y colocada ante la entrada de la tumba. Era redondeada con objeto de que pudiera ser rodada y poder colocar más cuerpos en la tumba más tarde cuando resultara necesario.

Era demasiado tarde para completar el proceso de entierro (perfumar el cuerpo, etc.) así que pusieron el cuerpo en la tumba con la intención de volver y terminar tras el sábado. De modo que Jesús, aun con Su cuerpo sin vida, evoca una respuesta a aquellos que se acercan a Él para creer o no creer, hasta en la forma de reaccionar ante Su cadáver.

La resurrección - 20:1-18

Ninguno de los escritores de los evangelios describe la resurrección real porque no hay testimonios. Jesús fue vivificado de entre los muertos y abandonó silenciosamente la tumba a través de sus muros en Su estado resucitado.

Mateo habla de un terremoto y un ángel que hace rodar la piedra, pero esto fue tras el acontecimiento, y llevado a cabo para dar testimonio del hecho completo.

Juan dedica poco tiempo a describir la escena y se concentra en la reacción de las mujeres, su testimonio a los Apóstoles y la reacción de los Apóstoles ante la tumba vacía.

Vs. 1-2 – Y el primer día de la semana María Magdalena fue temprano al sepulcro, cuando todavía estaba oscuro, y vio que ya la piedra había sido quitada del sepulcro. Entonces corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.

José y Nicodemo probablemente vendrían más tarde ese día para preparar el cuerpo, pero las mujeres entre las que estaba María Magdalena llegaron al amanecer. Había numerosas mujeres pero Juan se centra en la experiencia de solo una. En ese momento Jesús ya había resucitado, el terremoto había retumbado, un ángel había quitado la piedra y los soldados que custodiaban el lugar habían huido despavoridos.

Las mujeres constatan que la tumba está vacía y María Magdalena acude para hacer saber a los apóstoles que alguien se ha llevado el cuerpo del Señor.

Vs. 3-10 – Salieron, pues, Pedro y el otro discípulo, e iban hacia el sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro; e inclinándose para mirar adentro, vio las envolturas de lino puestas allí, pero no entró. Entonces llegó también Simón Pedro tras él, entró al sepulcro, y vio las envolturas de lino puestas allí, y el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con las envolturas de lino, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó. Porque todavía no habían entendido la Escritura, que Jesús debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos entonces se fueron de nuevo a sus casas.

Pedro y Juan se apresuran hacia la tumba para verificar lo que ella ha dicho. Pedro llega el último, pero entra el primero y lo que ve son dos signos de resurrección:

  1. Los envoltorios están allí exactamente como habían sido colocados alrededor del cuerpo. Si el cuerpo hubiera sido robado, hubieran mantenido las envolturas, no las hubieran dejado abandonadas. En la descripción de Juan los envoltorios forman un caparazón vacío, como si alguien hubiera pasado a través de ellos.
  2. El paño colocado sobre el rostro no fue tomado ni tirado sino doblado y colocado cuidadosamente en una esquina, todo hecho a propósito.

Téngase en cuenta que lo que Juan está describiendo aquí es el camino suyo y de Pedro en la fe, de una manera "posterior a los hechos". Ambos sabían pero no entendían lo que decían las Escrituras que anunciaban que el Mesías resucitaría de entre los muertos (Salmos 16:10). Ambos habían reconocido su fe en Él como Mesías, pero con la crucifixión, su fe había decaído (a pesar de que las Escrituras y el Señor dijeran que tenía que morir, ellos no creían que sucedería). Ahora, con la evidencia de la resurrección ante ellos, se dan cuenta de que todo era verdad y que su fe había sido bien pequeña.

Juan dice explícitamente que "... vio y creyó", colocándose en compañía de Tomas. Que él y Pedro se separaran sin alegría ni entusiasmo y volvieran a sus hogares muestra que estaban atónitos y en silencio por lo sucedido y pone de manifiesto su propio fracaso personal en seguir creyendo a lo largo toda la prueba.

No es que fueran completamente incrédulos como los Judíos, es que su fe, que pensaban era tan fuerte, había sido puesta a prueba y descubrieron que les fallaba (i.e. Pedro, listo para morir pes or el Señor (Juan 13:37), Juan listo para estar a la derecha o a la izquierda del Señor en Su reino (Mateo 20:21).

La prueba de la resurrección en la tumba les hizo actuar con humildad y silencio ante la verdad del momento de hundimiento. El sentimiento en la cultura de hoy sería expresado diciendo "¡Es realmente cierto!"

Vs. 11-13 – Pero María estaba fuera, llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó y miró dentro del sepulcro; y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Y ellos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

Mientras, María todavía sigue con la impresión de que alguien ha robado el cuerpo. Pedro y Juan se han marchado silenciosamente y ella permanece. Mira ahora dentro de la tumba y ve a los ángeles, a quienes interroga después de que éstos se dirijan a ella. Cree que la ayudarán a encontrar el cadáver.

Vs. 14-15 – Al decir esto, se volvió y vio a Jesús que estaba allí, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo me lo llevaré.

En este momento, Jesús mismo se le aparece preguntando lo mismo que preguntaban los ángeles y ella responde de la misma manera. En su dolor, no reconoce ni la naturaleza de los ángeles ni la persona de Jesús, que confunde con el jardinero y pregunta si, tal vez, él podría saber dónde está el cuerpo, para que ella pueda prepararlo y enterrarlo adecuadamente.

Vs. 16-18 Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Raboní! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: Suéltame porque todavía no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos, y diles: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Fue María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y que Él le había dicho estas cosas.

Vemos a Jesús poniendo fin a su dolor llamándola simplemente por su nombre, y este contacto personal le abre los ojos para ver quién está dirigiéndose a ella verdaderamente. Su respuesta, Rabboni, un forma galilea de la palabra Rabí (María era del norte) muestra que ella lo reconoce. Rabboni significa "mi maestro" o "Señor" y era utilizado como título de respeto a los maestros Judíos. Esta respuesta va acompañada de la alegría y el alivio de María aferrándose al Señor. Probablemente, aferrándose a la parte inferior de Sus piernas o pies, como un acto de entusiasmo y de adoración sincera. Pensaba que Él se había ido y en cambio está ahí vivo y se aferra a Él aliviada, no queriendo perderlo de nuevo.

Muchos ven la respuesta de Jesús dura o impaciente, cuando en realidad es un signo de aliento y de revelación. Jesús le asegura que no Le perderá, que no hay necesidad de aferrarse a Él. De hecho, se hallará mucho más cerca de ella en el futuro de lo que jamás estuvo (Espíritu Santo). Le explica que todavía no ha ascendido al Padre (no la dejará de manera inmediata, podrá verLe nuevamente, puede soltarLe). Debe recomponerse e ir a contarlo a sus "hermanos". Este término tenía por objeto dar aliento a los Apóstoles, quienes debían sentirse mal por su fe limitada y fallida. Ella podrá contarles que pueden haberse perdido la resurrección, pero si vienen a Él serán testigos del último paso de Su ministerio por la tierra, esto es, Su ascensión corporal y visible al cielo.

Juan relata que María siguió las instrucciones del Señor y buscó a los Apóstoles para anunciarles las buenas nuevas de la resurrección. En esto vemos, entre otras cosas, dos interesantes cuestiones:

  1. Dios da el privilegio de ver y anunciar la resurrección a una mujer, lo que representa un gran honor y una indicación de su amor por las mujeres.
  2. Otro ejemplo del ciclo de milagro y fe. María miró a los ángeles y no los reconoció; miró a Jesús y no reconoció ni creyó lo que veían sus ojos, al principio. Cuando la llama por su nombre, cree finalmente en lo que tenía ante de ella.

Hoy, a través de la Palabra, muchos ven el milagro de la resurrección y son llamados por el evangelio, pero no todos responden con fe a Jesús resucitado como lo hizo María.

Tarea de lectura: Juan 20:19-21:25