Las horas finales de la vida de Jesús comienzan con la cena de Pascua con Sus Apóstoles donde Él demostrará tanto Su poder como Su humildad.
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En nuestro estudio hemos visto surgir ciertos "patrones", ciclos donde una serie de eventos continúan repitiéndose, para clarificar una cuestión. El ciclo más frecuente en Juan es el de Jesús declarando Su divinidad (por enseñanza o milagro) y Sus oyentes creyendo o no creyendo en Su afirmación.

Eran varios los objetivos que la repetición de este ciclo parecía perseguir:

1. Aclarar las afirmaciones y actos de Jesús.

Puedes creer o no, pero no hay duda de que Jesús enseñó y puso de manifiesto a través de Su poder que Él era el Hijo de Dios. La gente puede optar por no creer y rechazar esta noción, pero el mensaje de Jesús era claro: Él creía y quería que creyéramos que Él era divino y que era el Mesías.

2. Proporcionar prueba de las afirmaciones.

Juan registra varios milagros con detalle para apoyar las afirmaciones de Jesús. Puede que algunos no creyeran, pero él escribe como quien cree firmemente en las evidencias sobre Él.

3. Registrar la reacción de la gente.

Jesús puso de manifiesto que la incredulidad entre los Judíos era generalizada, no tan solo una casualidad o un punto de vista. Juan describe la escena familiar de Jesús mostrando gran poder mientras los líderes y, finalmente también las multitudes que Le apoyaban, se vuelven contra Él con incredulidad e ira. Esta escena se repite una y otra vez para reforzar la idea de que algunos creyeron pero la mayoría no creyó, y esta era la línea donde la gran división entre salvos y perdidos se produciría.

Lo que nos conduce a nuestra lección anterior en la que se compara la reacción de diversas personas a la muerte y resurrección de Lázaro, hecha posible por Dios a través de Cristo. En esa lección se muestra cómo distintas personas vieron su fe fortalecida gracias a este gran milagro y en cambio otras -como Judas y los líderes religiosos- endurecieron su corazón con incredulidad y, por tanto, repitieron el ciclo de fe o rechazo, una vez más.

En este capítulo, Juan comienza la narración que describirá las horas finales del ministerio de Jesús aquí, en la tierra, y cómo la gente reaccionó ante Él con o sin fe.

La comida de la Pascua - Antecedentes

Cada año los Judíos celebraban la fiesta de la Pascua que conmemoraba la liberación de los israelitas de la esclavitud egipcia. La fiesta se centraba en la poderosa señal final que Dios utilizó para liberarlos: Envió un ángel para destruir a todo primogénito en Egipto (tanto humano como animal). Instruyó a los Judíos para que mataran un cordero y rociaran los marcos de las puertas de sus casas con su sangre, y luego cocinaran y comieran el animal en su interior esa noche. Cuando los Egipcios se despertaron y vieron la muerte de todos sus primogénitos al día siguiente -incluso del hijo del Faraón- los Judíos fueron puestos en libertad. El Señor les ordenó que guardaran un recuerdo de ese momento celebrando una cena de Pascua cada año.

Había establecido un orden fijo durante la comida: se sacrificaba un cordero en el templo en nombre de una familia o grupo de representantes de la familia. Luego se preparaba la carne junto con el pan sin levadura, hierbas amargas y vino para la comida. Cada elemento tenía su propio significado:

  1. El cordero era el sacrificio ofrecido en lugar del Primogénito.
  2. Las hierbas amargas (en forma de ensalada) representaban la experiencia dura que tuvieron como esclavos.
  3. El pan sin levadura significaba la prisa con la que salieron de Egipto, sin tiempo siquiera de hacer que el pan creciera.
  4. El vino se añadió más tarde, pero llegó a representar la tierra nueva y abundante que Dios les entregó finalmente.

Según la Ley, la Pascua duraba siete días y la comida se preparaba y se comía la noche anterior al Día de la Pascua. Este sería un jueves por la noche. Durante la semana, los Judíos se aseguraban de que ninguna levadura o agente de fermentación estuviera presente en sus hogares o alimentos. La levadura era un símbolo de decadencia y, por lo tanto, era eliminada totalmente durante ese tiempo. El pan estaba sin masa madre o levadura; el vino se mezclaba con agua, como era costumbre.

Durante la comida, el padre o la persona que presidía (si no había un padre presente) dirigiría los procedimientos: primero comería él y los demás le seguirían; él ofrecería una bendición mientras compartía el vino; cuando todo hubiera terminado, se pondrían de pie y cantarían el "Halel" (Salmo de alabanza). Fue en esta comida que Jesús se reunió con Sus apóstoles para compartir lo que Juan describe en el capítulo 13.

Jesús y la Pascua - 13:1-30

Juan no proporciona ningún detalle relativo a la Cena del Señor (esto ya lo lleva a cabo de manera adecuada Mateo, Marcos, Lucas y Corintios I). Juan proporciona, no obstante, una gran cantidad de detalles sobre lo que se dijo y se hizo aquella noche y que los demás no incluyen. Su descripción de esa noche, en la parte superior de la sala, continuará desde el capítulo 13 hasta el final del capítulo 17. La mayor parte de la información consiste en una larga sección de oraciones y enseñanzas de Jesús para Sus Apóstoles en Su última noche con ellos, antes de Su muerte.

Antes de comenzar esta oración, sin embargo, lleva a cabo dos cosas importantes para Sus Apóstoles:

1. Lava los pies de los Apóstoles - vs. 1-20

Vs. 1-5 – Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y durante la cena, como ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo entregara, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida.

Jesús era plenamente consciente de quién era, para qué fue enviado, sabía que Su tiempo estaba cerca y qué clase de hombres eran Sus Apóstoles. Sabiendo y aceptando todo esto, aun así los amaba y aceptó lo que Le fue encomendado hacer en nombre de ellos. Incluso sabiendo que uno de ellos lo traicionaría, aun con ese conocimiento, los amó y Se humilló para hacer lo que estaba a punto de hacer.

En aquellos días, el anfitrión ponía una jarra de agua, un cuenco y una toalla cerca de la puerta, con el propósito de limpiar los pies de sus invitados. Era su versión del actual felpudo. Por lo general, la tarea era asignada a un esclavo o al niño más joven de la casa. Dado que habían pedido prestado el aposento alto y era una comida privada, nadie había sido asignado para ocuparse de este detalle.

Imagínese, cada Apóstol entrando con los pies sucios y polvorientos; nadie saludándolos o atendiendo esta necesidad. Imagínese como cada nuevo Apóstol que llega se encuentra que nadie se ofrece a hacer este gesto cortés porque resultaba demasiado degradante. Imagine ahora su disgusto cuando el Señor mismo se levanta de la cena y, en silencio, comienza a hacer los honores ... el trabajo de un esclavo, la tarea perteneciente al que tiene menor posición y honor.

Los otros escritores describen una discusión entre los Apóstoles sobre quién era el más grande, porque probablemente no les gustaba la disposición de los asientos. Jesús los silencia con esta acción.

Vs. 6-11 – Entonces llegó a Simón Pedro. Este le dijo: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? Jesús respondió, y le dijo: Ahora tú no comprendes lo que yo hago, pero lo entenderás después. Pedro le contestó: ¡Jamás me lavarás los pies! Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Simón Pedro le dijo: Señor, entonces no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto los pies, pues está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No todos estáis limpios.

Por supuesto, es Pedro quien rompe el incómodo silencio con una muestra de protesta. No comprende todas las implicaciones de esta acción, ni lo que Jesús dirá al respecto más tarde, ni lo que significará más tarde. La implicación, de aquí en adelante, es que se darán cuenta que ¡Dios les lavó los pies! Jesús le presiona diciendo que, sin esto, Pedro no puede seguir siendo una parte de Jesús. Pedro rectifica y pasa al otro extremo: si lavar mis pies me une a ti, lávame todo para asegurarTe. Jesús le asegura que solo es necesario esto, por ahora; Aquellos que tienen un corazón limpio (lo que significa que creen sinceramente y actúan en consecuencia) están completamente limpios (absueltos) y no tienen necesidad de mayor purificación. Más adelante, hace referencia al hecho que hay un traidor entre ellos: uno que ha recibido el lavado de pies pero cuyo corazón ¡estaba impuro!

Vs. 12-17 – Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis.

Más tarde sentirán el impacto de este gesto (que Dios se humilló ante ellos). Por ahora, Él hace uso del lavado de pies como un ejemplo en el que deben basar su actitud hacia los demás. Si el Maestro puede lavaros los pies, ciertamente podéis hacerlo mutuamente.

Hoy en día tenemos felpudos, pero la necesidad de humillarnos los unos frente a los otros sigue siendo la forma básica de evitar conflictos y división causada por el orgullo.

Vs. 18-20 – No hablo de todos vosotros; yo conozco a los que he escogido; pero es para que se cumpla la Escritura: «El que come mi pan ha levantado contra mí su calcañar». Os lo digo desde ahora, antes de que pase, para que cuando suceda, creáis que yo soy. En verdad, en verdad os digo: el que recibe al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

Aquí Jesús les revela, no solo que será traicionado por uno de ellos, sino que la traición fue profetizada hace mucho tiempo por David (Salmos 41:9). Además, les dice que este será otro indicador de Su naturaleza divina: la capacidad de predecir el futuro con precisión. En este punto el Señor realiza la segunda cosa significativa para Sus Apóstoles.

2. Él revela al traidor - vs. 21-30

Hasta ahora, los Apóstoles no han comprendido lo que Jesús ha ido diciéndoles. En los siguientes versículos, el Señor no solo clarifica todo ello a los Apóstoles, sino que también revela a Judas que Él conoce lo que éste planea hacer.

Vs. 21-30 – Habiendo dicho Jesús esto, se angustió en espíritu, y testificó y dijo: En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Los discípulos se miraban unos a otros, y estaban perplejos sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa reclinado en el pecho de Jesús. Por eso Simón Pedro le hizo señas, y le dijo: Dinos de quién habla. Él, recostándose de nuevo sobre el pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? Entonces Jesús respondió: Es aquel a quien yo daré el bocado que voy a mojar. Y después de mojar el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y después del bocado, Satanás entró en él. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Pero ninguno de los que estaban sentados a la mesa entendió por qué le dijo esto. Porque algunos pensaban que como Judas tenía la bolsa del dinero, Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta, o que diera algo a los pobres. Y Judas, después de recibir el bocado, salió inmediatamente; y ya era de noche.

Imaginemos la escena:

Trece hombres reclinados en cojines alrededor de una mesa. El anfitrión u organizador de la cena se sentaba en la cabecera de la mesa para poder proteger y servir al invitado de honor o que preside. El invitado de honor asignaba los asientos alrededor de la mesa, generalmente en orden de estatus. Hubo quejas entre los Apóstoles acerca de quién era importante.

Al parecer, Juan y Pedro organizaron la cena (Lucas 21:7-8) y parece ser también que esperaban poder tomar los codiciados puestos junto a Jesús. Juan, como anfitrión, en el primer asiento, con Jesús a su izquierda como invitado de honor, seguido por supuesto de Pedro, el líder, y luego los otros Apóstoles haciendo lo mejor que pudieran. Probablemente Judas el último, ya que sabían que era un ladrón e indigno de confianza.

Las cosas comienzan según lo planeado con Juan tomando el primer lugar (sabemos esto porque apoyó la cabeza en Jesús). Jesús, en el puesto de honor que nadie discutió. Ahora bien, Juan nos cuenta tres hechos importantes:

  1. Al lavarles los pies, Él se dirigió a Pedro en último lugar.
  2. Al hablar con Juan, Pedro tuvo que hacer un gesto hacia él para llamar su atención.
  3. Jesús habló y entregó el bocado directamente a Judas. Esto significa que Judas estaba al lado del Señor y Pedro se sentó al final de la mesa.

Quizás al asignar los asientos, Jesús colocó a Judas junto a Él porque sabía lo que sucedería. Y Pedro, poniendo mala cara, fue a sentarse lo más lejos que pudo. Esto ciertamente explica su comportamiento cuando Jesús se le acercó con el agua y la toalla para lavarle los pies. Muchas pruebas corroboran este escenario.

En cualquier caso, Jesús mantiene un pulso con Judas, sin que ninguno de los otros supiera lo que estaba sucediendo. La idea de que "Satanás entró en él" no sugiere que Judas fuera un demonio poseído, no responsable de su acción. Esta referencia pone de manifiesto el momento en el cual Judas cede final y completamente a la tentación. Judas ya no estaba bajo la influencia de Cristo, se había entregado completamente al pecado que estaba a punto de cometer, de modo que Satanás lo estaba controlando ahora.

Resumen

Nos detendremos aquí porque la siguiente sección comienza con la última oración y exhortación de Jesús por sus Apóstoles antes de Su muerte. Aunque la Cena del Señor no queda descrita aquí, este pasaje proporciona enseñanzas que se sitúan generalmente en aquellos pasajes que relatan la Cena del Señor.

1. Un siervo no está por encima de su amo.

Si elegimos seguir a Jesús, debemos seguirLe en todas sus formas, no solo en algunas. Si Él estaba dispuesto a lavar pies antes de la comunión, nosotros también. En otras palabras, si Él estaba dispuesto a humillarSe, nosotros también; de lo contrario, no pertenecemos a la mesa.

2. Un sirviente debe examinarse a sí mismo.

Si Judas hubiera examinado su corazón que estaba lleno de incredulidad y codicia, es posible que no hubiera caído en el control total de Satanás. Cuando el Señor nos da el pan de la comunión, asegurémonos que no sea una acusación de infidelidad e hipocresía, como el bocado que dio a Judas. Asegurémonos que nuestros corazones estén bien, antes de sentarnos a comer con el Señor y que no estemos sentados en el asiento de Judas. Estaba en una posición de honor (junto al Señor) ante los hombres, pero Jesús conocía su corazón.

Tarea de lectura: Juan 13:31-14:31